Afrontar el duelo, algo difícil pero necesario.

Sinceramente, nunca imaginé que el duelo doliera tanto. Pensaba que era algo que simplemente pasaba, que con el tiempo se calmaba solo, que uno lloraba unos días y luego, poco a poco, la vida volvía a su sitio. Pero cuando me tocó vivirlo de verdad, entendí que nada te prepara para ese hueco que se te queda dentro, para esa sensación constante de que algo falta, como si el mundo se hubiese desajustado y ya nada encajara del todo.

Perder a alguien a quien quieres es como si arrancaran una parte de ti, sin anestesia. Te deja confusa, agotada, y en la mayoría de las ocasiones, sin palabras. Al principio estás rodeada de gente que te abraza, que te llama y que te pregunta cómo estás, pero pasado un tiempo, cuando todo vuelve a la normalidad para los demás, tú te quedas ahí, con tu dolor, sin saber bien qué hacer con él.

Lo que vas a leer a continuación no pretende ser un manual de nada, ni una guía emocional o un consejo disfrazado de experiencia: es solo mi historia, la de una persona que tuvo que aprender, a golpes, que el duelo no se supera, se transita.

Y que, si no lo vives, si lo tapas o lo esquivas…Acabará pasándote factura por otro lado.

El día en que todo cambió.

Recuerdo perfectamente el momento en el que me dieron la noticia. El móvil sonó a una hora rara, y al contestar supe que algo no iba bien. No quiero entrar en detalles porque todavía me cuesta escribirlos sin que se me encoja el pecho, pero solo diré que fue una pérdida inesperada, injusta, y tan desgarradora que me dejó sin suelo.

Los días que vinieron después fueron una mezcla de shock, llanto, incredulidad, insomnio y una especie de niebla mental que no sé cómo explicar. Me duchaba sin saber si ya me había lavado el pelo, comía sin tener hambre, hablaba con gente sin retener lo que me decían… Estaba viviendo completamente en piloto automático, o más bien “sobreviviendo”, cumpliendo con los trámites, los abrazos, las frases de consuelo, y todo mientras por dentro me iba rompiendo a trozos.

Después vino el silencio, la ausencia real, el momento en que te das cuenta de que esa persona no va a volver a estar contigo como lo estaba antes, porque ahora forma parte de tus recuerdos, y vive en otro plano que no tiene nada que ver con nuestro plano físico. Soy una persona con la mente muy abierta, que cree en los espíritus, las reencarnaciones y demás, pero, aunque todo eso mantuviera encendida la llama de la esperanza, el vacío seguía ahí, y con él, el duelo se abría paso cada vez más.

Notaba sus efectos en todo: la tristeza, el vacío, la incertidumbre, la culpa…De hecho, hay una parte del duelo que no se habla mucho: la que te hace sentir mal simplemente por seguir viviendo. Por reírte, por salir, por disfrutar un poco. Recuerdo que una vez me pillé cantando en la ducha y me sentí fatal, como si no tuviera derecho a estar bien y traicionara su memoria por no estar llorando a todas horas.

Así es: este proceso es extraño y lleno de contradicciones. Un día te levantas fuerte y al siguiente estás hundida. Puedes estar tomando café con una amiga y de pronto se te caen las lágrimas sin saber por qué… Sea como sea, he de decir que no hay una forma correcta de pasarlo, ni un calendario que te diga cuándo vas a sentirte mejor. Sin embargo, hay algo que sí puedes hacer, y es lo que hice yo.

El momento en el que me di cuenta de que necesitaba ayuda.

Pasaron semanas, luego meses. Y aunque en apariencia yo seguía con mi vida, por dentro algo no funcionaba. Me costaba dormir, me aislaba, me enfadaba con facilidad. Y lo más alarmante: empecé a desconectarme de lo que me hacía bien. Dejé de escribir, de leer, de cuidar mi casa, de quedar con mis amigos. Estaba como apagada.

Un día, una amiga me dijo con todo el cariño del mundo: «Te estás quedando sola dentro de tu dolor». Fue duro escucharlo, pero tenía razón. Me había encerrado tanto en mi tristeza que no dejaba que nadie me acompañara en ella.

Ahí fue cuando me animé a buscar ayuda. Lo primero que hice fue hablar con una psicóloga especializada en procesos de duelo. En las primeras semanas, me escuchaba, tomaba nota, y luego me daba como “tareas” que debía seguir para hacer una especie de seguimiento de mi proceso. Con el paso del tiempo, la psicóloga empezó a recomendarme otras prácticas para lograr la calma y poder perdonarme a mí misma, y fue entonces cuando destacó la meditación como medio directo para superar el duelo.

Ella estaba formada en La Escuela de Crecimiento, y me acompañó en el proceso. Resultó que la meditación fue muy útil, y que gracias a ella pude sacar mucho ruido mental que me atormentaba tras la muerte de mi ser más querido.

Entender el duelo como un camino, no como un obstáculo.

En terapia aprendí muchas cosas. La primera: que el duelo no es una debilidad, es una respuesta humana. Que no se trata de “superar” a quien hemos perdido, sino de encontrar una manera de seguir viviendo sin su presencia física, integrándola de otro modo en nuestra vida.

También comprendí que cada duelo es distinto. Que no hay comparación posible entre el mío y el de otros, y que no es más válido quien llora más, ni quien lo oculta mejor: todos necesitamos tiempos y procesos distintos, y eso está bien, como ocurrió conmigo y la meditación.

Sin embargo, sobre todo entendí que el dolor no se quita ignorándolo. Hay que sentarse con él, escucharlo e incluso dejar que nos duela, porque solo así deja de doler tanto. Aunque parezca raro, cuanto más lo sientes, más se transforma.

Qué fue lo que más me ayudó.

Hubo muchas cosas que me ayudaron poco a poco: hablar con gente que me entendía, volver a escribir, hacer algo de ejercicio, obligarme a salir, aunque fuera a dar un paseo corto… Pero si tengo que quedarme con algo que realmente marcó un antes y un después, fue la meditación.

Cuando la probé por primera vez, me puse los auriculares, me tumbé en la cama, y durante veinte minutos simplemente escuché una voz tranquila que me invitaba a conectar con lo que sentía: lloré muchísimo, pero fue un llanto distinto, como de alivio. Sentí como si por fin pudiera soltar parte del peso que llevaba dentro, y a partir de ahí empecé a hacerlo más a menudo (sobre todo cuando me sentía más sobrepasada).

Así es, la meditación me dio algo que no encontraba en otro sitio: silencio sin juicio. Un espacio en el que podía estar mal sin necesidad de explicarme. Un lugar interno donde todo lo que sentía tenía cabida. Donde el dolor no era enemigo, sino señal de que había querido mucho.

Con el tiempo, también descubrí meditaciones enfocadas en la gratitud, en el perdón, en la compasión. Todas me ayudaron a reconciliarme conmigo misma, a dejar de culparme, a entender que estaba haciendo lo mejor que podía.

Volver a mirar la vida con otros ojos.

No te voy a mentir: hay días en los que todavía me cuesta. Fechas especiales, canciones, olores, palabras que despiertan el recuerdo y hacen que vuelva el nudo en la garganta. Pero ya no huyo de esas sensaciones. Me siento con ellas, las escucho, las abrazo. Y luego sigo hacia delante.

Afrontar el duelo me ha hecho más consciente, más sensible y más empática. Me ha quitado prisas, me ha enseñado a mirar a los demás con más compasión. También me ha reconciliado con cosas que antes no valoraba tanto: una charla larga, un paseo sin móvil, una foto de hace años.

También he aprendido que no hace falta tener respuestas para todo, y que hay pérdidas que nunca entenderemos. No siempre hay un “por qué”, pero sí podemos buscar un “cómo seguir”.

Para mí, ese “cómo seguir” tiene que ver con cuidar lo que tengo, con honrar la memoria de quien se fue siendo alguien más presente, más viva, más agradecida. No quiero vivir como si nada hubiera pasado, porque pasó. Y me cambió. Pero quiero que ese cambio sea hacia algo más humano, más real, más profundo.

Así que, como conclusión, diré lo siguiente:

No sé si alguien que esté pasando por un duelo leerá esto y encontrará consuelo, pero si es tu caso, solo quiero decirte algo: no estás solo. Lo que sientes es válido, aunque no siempre lo entiendas. El dolor no es señal de que estás roto, es señal de que has amado de verdad. Y eso, aunque ahora duela, es también un regalo.

Y si en algún momento te animas a probar a cerrar los ojos, respirar y escuchar lo que llevas dentro, puede que descubras (como me pasó a mí) que, incluso en medio del dolor más oscuro, hay un pequeño hilo de calma que nos recuerda que seguimos aquí, y que, poco a poco, podemos seguir caminando.

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